
Sentirte en la cima de una montaña de lujuria cuando tienes a una chica de 21 años con las carnes prietas como salchichas de Frankfurt en toda la plenitud de falsa generosidad que pueden ofrecer tus brazos tatuados. Antes de saber que vas a acostarte con ella te transformas en un ser amable, que nunca ha pensado en quitarle las alas a una mosca o robarle el protagonismo a uno de tus geniales y tímidos amigos que, en la mayoría de los casos, acostumbran a hacer de apuntadores de los líderes de la manada.
Generalmente los exponentes en los grupos sociales acostumbran a ser como ataúdes sin un hermoso cadáver que mostrar. Muerte envuelta en papel de regalo.
La falsa bondad fluye por el interior de tu cuerpo como un litro de ginebra recorriendo el mapa de carreteras de las venas de un aspirante a alcohólico. Tienes 37 años y no cesas en tu intento de ofrecer tus labios a toda bella señorita que no sobrepase los 23. Te sientes el lobo de Caperucita con una tierna y joven víctima a la que hincarle el diente. Llevas un montón de mentiras en los bolsillos, para engatusar a cualquier chica hermosa que no sabe apreciar la diferencia entre un poeta y un embaucador.
Nunca te fíes de un hombre con poesía en sus ojos.
La agarras por la cadera mientras los besos son como latigazos en el infierno. El dulce deseo que cinco minutos antes os invitó a unir vuestras bocas, ahora se ha convertido en hambre y desespero por arrancarse la ropa y marcarse un tanto en el campo de entrenamiento del sexo ocasional. Rasgarse las vestiduras a modo de penitencia antes de inmolarse de gozo debajo de las sabanas y explotar de placer un sábado por la noche mientras los hijos del insomnio tratan de pensar en algo que les haga dormir.
Los hijos más importantes del mundo surgieron gracias al insomnio de otros. Mejor follar para pasar el rato y engendrar sin desearlo un pequeño líder en potencia.
Salís a la calle y a ella le apetece fumarse un cigarrillo y mirarte a los ojos en lugar de parar un taxi y refugiarse en los brazos de un farsante que solo necesita desahogarse. Meterla en caliente y ahuyentar tus fantasmas mediante el sexo con una desconocida a modo de terapia personal se transforma en tu prioridad más absoluta.
Te impacientas.
El bulto que tenías hace dos minutos en la entrepierna ha desaparecido al igual que la sonrisa socarrona que algunas mujeres suelen admirar.
Fumas con prisa y se te nota demasiado. La premura asoma la patita por debajo de la puerta y tu presunta víctima de esta noche lo está comenzando a notar. Su mirada de deseo se torna un ceño fruncido que cada vez se separa más de ti tratando de simular su distanciamiento con una conversación que pretende ser interesante. Tratas de hacer un intento de aproximamiento cogiéndola por la cintura y ella se deja besar. Pero es un beso corto, como un ridículo halago que nunca se convertirá en una reverencia.
Besos políticamente correctos que se usan a modo de despedida. Deseos frustrados que te atormentan al cabo de cinco años, como un mal sueño después de ver una película de serie B.
Tu ración de amor vaporoso termina con un intercambio de teléfonos y un mal beso en mitad de la calle, justo en el momento en que el último reducto de borrachos sale a la calle como una horda de zombis buscando algo que meterse en la boca. Te apoyas en una columna y enciendes un cigarrillo. Dos tipos mucho más jóvenes que tú charlan a dos metros de donde estás. Usan un protolenguaje propio que han inventado en las noches de borrachera. Palabras y conceptos que solo entienden ellos y así pueden comunicarse sin que los demás lo entiendan. El nivel de estupidez humana a veces se convierte en toda una revelación: mediante el uso de conceptos inventados se crea un idioma secreto que provoca carcajadas nerviosas,y a su vez, estas terminan en un largo e incómodo silencio.
El mundo está lleno de farsantes que tratan de estafarse a si mismos sin ningún tipo de recompensa personal. El auto engaño sirve a modo de paliativo para alimentar el estómago de la estupidez más abyecta.
Te pide fuego una chica surgida de la nada que levita como si llevara un monopatín en los pies. Con una de tus mejores sonrisas le ofreces el último estertor de tu encendedor. Las chispas que lo acompañan en lo sucesivo son una canción de despedida. Los destellos extinguidos de un mechero barato se convierten en el brillo de los ojos de una mujer de unos treinta años que busca sexo rápido cuando se da cuenta de que han cerrado la discoteca.
El abismo que existe entre vuestras bocas se hace cada vez más pequeño y el deseo se torna un beso de tornillo bajo los primeros rayos del sol.
-Antes me gustaría desayunar algo.
La acompañas mientras el nivel de bondad efímera incrementa considerablemente paralelamente al bulto de tu entrepierna. Deberías hacer algo con ello. Deberías dejar que hicieran algo con ello. Coméis tortilla de patatas y bebéis cerveza. Sientes el deseo urgente de ir al baño. Te levantas de la mesa y empujas la puerta que te lleva a la redención de tu aparato mingitorio. Una buena meada a veces sienta mejor que el polvo más genial. Sientes como el deseo toca los tambores de la guerra por las tuberías de tu amado soldado del amor. Los rayos del sol entran por la ventana e iluminan tu erección como si fuera la espada de Excalibur saliendo de las aguas.
Escondes al deseo convertido en un mástil que conduce un barco sin rumbo por las cálidas aguas del amor efímero.
Cuando sales del baño ella no está. Sales fuera y te la encuentras llorando y fumando un cigarrillo y mirando el teléfono.
-¿Qué te ocurre?
-Nada, nada. –Mientras se restriega el rímel corrido dibujándose un antifaz que no consigue ocultarle la pena que trata de disimular.
Le limpias las lágrimas con tus dedos y te quedan las huellas dactilares negras, como cuando tienes que dejar tu imprenta en un certificado para ingresar en prisión. Pero esta vez no vas a atravesar las puertas de ninguna institución, ni tan sólo la de una pequeña con las persianas bajadas y las sabanas de la cama arrugadas.
-Lo siento, tengo que irme.
Sin preguntarle el motivo has dejado que se suba a un taxi con el contador rugiendo como un cachorro de tigre hambriento. La tristeza de sus ojos se queda grabada en tu mente durante todo el camino de retorno a casa.
Encuentras un cigarrillo entero en el suelo, lo enciendes mientras piensas te pones los auriculares y las notas de ‘Sexy Boy’ te acarician el oído. Con un escudo de resignación caminas en dirección a tu casa, donde la ingestión de THC tratará de suplir al deseo que se esconde en el interior de tus pantalones.
Caminas a paso firme. Exhalas muerte a pequeñas dosis.
A pesar de tu deseo fustrado, sonríes para tus adentros mientras piensas que el anhelo del deseo es más fuerte que el acto sexual en sí.